Ay, el bolillo! Es el salvavidas oficial de las mamás y abuelas mexicanas cuando tiembla, cuando presenciamos un accidente o cuando nos dan una mala noticia. La sabiduría popular dicta que, tras un sobresalto, hay que morder un pedazo de pan blanco "para que no se nos asiente el susto" o para evitar que se nos baje la presión. Pero, ¿qué dice la ciencia de la nutrición al respecto?
La verdad detrás del "remedio"
Cuando nos asustamos, nuestro cuerpo entra en un estado de estrés físico llamado mecanismo de "lucha o huida". En ese momento, el cerebro ordena liberar hormonas como la adrenalina y el cortisol, lo que provoca que:
Se altere el ritmo cardíaco.
La sangre se dirija principalmente a los músculos (por si hay que correr).
Se produzca un pico temporal de glucosa en la sangre.
Aumente la producción de jugos gástricos en el estómago vacío, provocando esa famosa sensación de "hueco" o náuseas.
Científicamente, el bolillo no tiene ninguna propiedad mágica para contrarrestar el susto. Lo que realmente ocurre es un efecto puramente mecánico y físico: al masticar un carbohidrato denso y seco como el bolillo, este absorbe el exceso de ácidos gástricos en el estómago, aliviando el malestar estomacal. Además, el simple acto de masticar ayuda a distraer la mente y a estabilizar la respiración, ayudándote a calmarte.
¿Es la mejor opción?
Aunque ayuda a mitigar la acidez, un bolillo completo aporta una cantidad considerable de carbohidratos refinados que, sumados a la glucosa que ya liberó tu cuerpo por el estrés, puede provocar un pico innecesario de azúcar.
El veredicto: No necesitas un bolillo entero. Si pasaste por un mal momento, un par de sorbos de agua, respirar profundamente y, si acaso, un par de mordidas a un pan o una galleta para calmar el estómago serán más que suficientes. ¡Cuidar tus hábitos también es saber escuchar a la ciencia por encima de la costumbre!